Las rosas cayeron al suelo, Alejandro se llevó la mano a la mejilla, y me miró molesto.
—Maldición, Sofía —gruñó.
Lo miré con todo el odio que había acumulado en mi pecho desde que entró oliendo a perfume, con el odio que sentí cuando recibí el mensaje de Candela.
—Llévale ese ramo a Candela, yo no lo necesito.
Me di la vuelta y caminé hacia el balcón, necesitaba aire, no quería ver su cara en ese momento. Escuché sus pasos acercándose, sentí su aliento en mi nuca.
—Sofía —dijo— no pasó nada c