Capítulo 69
Dos horas habían pasado desde el secuestro. La noche avanzaba silenciosa y fría cuando un coche de cristales oscuros se detuvo frente a la entrada lateral de un burdel decadente, escondido en las sombras de un callejón mal iluminado.
La puerta trasera se abrió con brutalidad. Dos hombres bajaron y, sin ninguna delicadeza, arrastraron a Augusto Avelar hasta la acera, arrojándolo al suelo como si fuera un saco de basura. Uno de los matones abrió una botella de whisky barato y derramó el líquido sobre su ropa, cabello y rostro.
— Eso debe completar el teatrito — murmuró uno de ellos, antes de volver al coche y desaparecer en la oscuridad.
Minutos después, dos jóvenes aparecieron al otro lado de la calle. Uno era delgado, con el rostro cubierto de hollín; el otro llevaba un gorro roto y tenía los ojos desorbitados de euforia.
— Caramba… ¡mira ese traje! — dijo el primero, arrodillándose junto a Augusto. — El tipo está inconsciente… huele a alcohol. ¿Borracho o drogado, quién s