Adara pasó una noche de pesadillas, se veía corriendo y a su padre con una turba diciéndole: maldita.
El rey Eleazar la perseguía, Driana pedía su cabeza y el lobo negro aullaba. Se levantó agitada y vio en la cama a Stefano.
Se levantó y se acercó a tocarlo. Este, al sentirla cerca, tiró de ella y la abrazó con fuerza, pegando su nariz a su cuello.
—Tienes pesadillas…
—Sí.
—Duerme, te cuidaré.
El aliento a alcohol no le molestó, cerró sus ojos y se vio en un campo de flores y Stefano de cara al río y ella corrió a él y cuando lo quiso alcanzar una bruja en escoba se lo llevó.
—¡Stefano, no!
Gritaba tras él y él se despertó, pues ella no podía hablar solo gemir.
—Adara —acarició su rostro—, despierta.
Adara lo veía atado con cadenas que absorbían su vida y no podía desatarlo.
—Stefano, resiste.
—Me… muero…
Eleazar tenía la llave y no quería dársela y él se estaba muriendo.
—No… No…
—Adara, ya despierta.
La sacudió con fuerza y ella despertó, estaba angustiada.
—¿Qué tienes?
—Stefano… P