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# Capítulo 5: El enemigo que no puedo evitar

El silencio en el restaurante era incómodo, casi palpable. Las luces tenues del lugar acentuaban la tensión que se respiraba en el ambiente. Las conversaciones alrededor se reanudaron tímidamente, como si las personas intentaran convencerse de que nada extraño había ocurrido, pero todos sabíamos que una sombra había cruzado la velada. Yo sentía lo mismo. Apoyé los codos en la mesa y clavé mi mirada en Adrián, que permanecía impasible.

—Creo que ahora merezco una explicación —dije, rompiendo el silencio.

Adrián levantó la copa de vino y la giró lentamente, observando el líquido con una calma que me resultaba exasperante, especialmente después del incidente que casi se desata en medio de aquel restaurante elegante.

—No es nada que debas preocuparte —respondió con una tranquilidad que me pareció casi ofensiva.

Solté una risa sarcástica.

—Tres hombres vinieron a buscarte mencionando a un mafioso y dices que no debo preocuparme.

Adrián dejó la copa sobre la mesa con un suave sonido de cristal y sus ojos se encontraron con los míos, serios y profundos.

—Kira.

—¿Sí? —respondí, tratando de mantener mi tono firme.

—Mi mundo es complicado.

—Eso ya lo noté —dije, con una mezcla de ironía y resignación.

Un silencio pesado se interpuso entre nosotros antes de que él continuara.

—El hombre que mencionaron… Petrov… es alguien con quien tengo desacuerdos.

—¿Desacuerdos? —pregunté, alzando una ceja.

—De negocios.

—¿Negocios ilegales?

Adrián no respondió de inmediato, y su silencio fue una respuesta más elocuente de lo que hubiera esperado. Me recosté en la silla, sintiendo el peso de una realidad que no había anticipado.

—Genial.

—No es lo que crees.

—Tres hombres vinieron a amenazarte en público.

—A veces las personas equivocadas quieren asociarse con las correctas.

—¿Y tú eres la persona correcta?

Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, un gesto que parecía contener secretos y promesas.

—Eso intento.

Lo observé detenidamente. Había algo en él que me atraía y me repelía al mismo tiempo. No tenía la apariencia de un criminal, pero la gente peligrosa parecía gravitar a su alrededor.

—Escucha —dije finalmente, con un suspiro—. No quiero problemas.

—No los tendrás.

—Ya los tengo —repliqué, sintiendo la frustración en mi voz.

Se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos fijos en los míos.

—Esos hombres no volverán a molestarte.

—Eso suena más a promesa que a posibilidad.

—Es ambas cosas.

Su seguridad era desconcertante, casi hipnótica.

—¿Siempre eres tan controlador?

—Solo cuando importa.

Por alguna razón, esa afirmación hizo que mi corazón latiera más rápido. Antes de que pudiera responder, el camarero regresó con el postre que había quedado olvidado, una dulce interrupción que ninguno de los dos tocó.

—Deberías irte a casa —sugirió Adrián después de un momento de reflexión.

—Pensé que esta era una cita.

—Lo era.

—¿Y ahora?

—Ahora es una precaución.

Fruncí el ceño, sintiéndome incómoda con la idea de ser protegida sin mi consentimiento.

—No me gusta que decidan por mí.

—Lo sé.

Se levantó de la mesa, imponiendo su presencia con un gesto decidido.

—Por eso no te lo estoy ordenando.

—¿Entonces?

—Te estoy acompañando.

La noche en Nueva York estaba fría, y las luces de la ciudad brillaban con una intensidad que contrastaba con la oscuridad de los acontecimientos. Un auto negro esperaba junto a la acera. Un hombre alto y de hombros anchos, con una mirada seria, se apoyaba en la puerta. Cuando nos acercamos, abrió la puerta trasera del coche con una eficiencia casi militar.

—Señor Valcázar —dijo con voz firme y profesional. Adrián hizo un pequeño gesto hacia mí.

—Kira, él es Mateo.

—¿El guardaespaldas?

Mateo me observó durante unos segundos, su mirada evaluadora me hizo sentir como si estuviera bajo un escáner.

—¿La luchadora? —preguntó, con una expresión neutra.

Perfecto.

—También soy estudiante de medicina.

No pareció impresionado en lo más mínimo.

—Suban al coche.

Adrián y yo entramos. Mateo tomó el asiento delantero y el auto comenzó a moverse suavemente por las calles iluminadas.

—¿Siempre te siguen hombres armados? —pregunté, tratando de disimular mi nerviosismo.

—Solo cuando las cosas se complican.

—¿Y están complicadas?

Adrián miró por la ventana, su rostro reflejado en el cristal, antes de responder.

—Podrían estarlo.

Genial. Miré la ciudad pasar por la ventana, sintiendo una extraña mezcla de fascinación y temor.

—Te dije que no quería problemas.

—Y yo te dije que no los tendrás.

Lo miré, buscando en su rostro alguna señal de duda.

—Adrián.

—¿Sí?

—Eres el tipo de hombre que trae problemas aunque no quiera.

Por primera vez esa noche, Adrián soltó una risa sincera, una melodía inesperada en medio de la tensión.

—Tal vez.

Hubo un pequeño silencio, un respiro en el que se rompieron algunas barreras invisibles. Luego agregó algo que no esperaba.

—Pero también soy el tipo de hombre que los resuelve.

El auto se detuvo frente a mi edificio. Mateo salió primero y abrió la puerta, permitiéndome descender. Adrián me siguió, y nos quedamos frente al edificio durante unos segundos, el aire frío movía ligeramente mi cabello, un recordatorio de la realidad que nos rodeaba.

—Gracias por la cena —dije, sin saber muy bien cómo despedirme.

—No terminó exactamente como esperaba.

—Las mejores historias nunca lo hacen.

Me miró fijamente, sus ojos oscuros parecían esconder secretos profundos y misteriosos.

—Kira.

—¿Sí?

—Hay algo que debes entender.

—¿Qué cosa?

Se acercó un poco más, lo suficiente para que su voz fuera apenas un susurro, íntimo y cargado de significado.

—Petrov no es alguien que olvide fácilmente.

Sentí un pequeño escalofrío recorrer mi espalda.

—Entonces supongo que esta historia recién comienza.

Adrián me observó durante unos segundos, su mirada era un enigma que no podía descifrar. Luego sonrió levemente, una sonrisa que prometía más de lo que revelaba.

—Exactamente.

Entré al edificio, el sonido de mis pasos resonando en el silencio. Pero mientras subía las escaleras supe algo con absoluta certeza. Ese hombre. Ese empresario elegante. Ese desconocido peligroso. Adrián Valcázar… era el enemigo que no podía evitar. Y aunque no sabía dónde me llevaría esta historia, algo en mi interior me decía que estaba a punto de embarcarme en un viaje del que no había retorno.

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