La opulencia del restaurante me golpeó como una ola inesperada. No estaba acostumbrada a semejante lujo, a ese ambiente donde todo parecía demasiado elegante, demasiado silencioso, demasiado caro. Yo, que pasaba más tiempo entre las paredes frías de un hospital caótico o en sótanos llenos de apuestas clandestinas, me sentía como un pez fuera del agua en ese lugar donde una copa de vino costaba lo mismo que una semana de comida. Sin embargo, Adrián parecía completamente en su elemento, como si esos ambientes lujosos fueran su segunda naturaleza.
—Estás incómoda —dijo, observándome con esa mirada penetrante que parecía ver más allá de lo evidente.
—Un poco —respondí, intentando mantener la compostura.
—No tienes por qué estarlo —insistió con una sonrisa tranquilizadora.
Solté una pequeña risa, una mezcla de nerviosismo y resignación.
—Claro. Solo estoy cenando con un hombre que podría expulsarme de la universidad si quisiera.
—No voy a hacer eso —replicó con tal seguridad que, por un instante, le creí.
El camarero llegó entonces con la comida, interrumpiendo la tensión del momento. Durante los siguientes minutos intentamos sumergirnos en una conversación normal. Hablamos de mi infancia en Cataluña, de mi hermana melliza que vivía en Francia, de mi sueño de convertirme en cirujana. Pero cada vez que intentaba desviar el tema hacia su vida, Adrián respondía de manera vaga, como si estuviera acostumbrado a ocultar aspectos de su existencia.
—Ahora mi turno —dijo finalmente, rompiendo el silencio.
—Adelante —respondí, intrigada.
—¿Por qué peleas? —preguntó, mirándome directamente a los ojos.
No dudé en responder.
—Dinero.
—Hay trabajos menos peligrosos.
—No pagan lo suficiente.
Su mirada se suavizó, como si intentara comprender mi perspectiva.
—Podrías haber pedido ayuda.
Negué con la cabeza.
—No soy ese tipo de persona.
El silencio que siguió fue breve, pero cargado de significado. Luego, con una voz más baja, Adrián habló de nuevo.
—Lo sé.
Eso me sorprendió.
—¿Cómo?
—Porque las personas que sobreviven solas aprenden a pelear.
Por primera vez, sentí que hablaba en serio, que había una conexión más allá de las palabras. Pero antes de que pudiera responder, algo captó mi atención. Tres hombres irrumpieron en el restaurante. No eran meros clientes. Llevaban ropas oscuras y sus miradas eran frías como el hielo. Uno de ellos nos observaba fijamente, su mirada clavada en nuestra mesa. Sentí una alerta inmediata en mi cuerpo, el mismo instinto que se activa justo antes de una pelea.
—Adrián —murmuré, intentando no mostrar pánico.
—Lo sé —respondió con una calma que me inquietó aún más.
—¿Lo sabes?
—No te preocupes.
Pero yo ya estaba preocupada. Los hombres avanzaban hacia nosotros con paso decidido. Uno de ellos se detuvo junto a la mesa, una sonrisa falsa en su rostro.
—Señor Valcázar —dijo—. Qué sorpresa encontrarlo aquí.
Adrián ni se inmutó, su postura era la de alguien acostumbrado a enfrentar tormentas.
—No estoy interesado en lo que vendes.
—No hemos venido a vender —replicó el hombre, y el ambiente cambió, las conversaciones cercanas se apagaron, como si el aire se hubiera vuelto más denso.
—El señor Petrov quiere hablar contigo.
El nombre hizo que la expresión de Adrián cambiara ligeramente.
—Dile a Petrov que no hago negocios con criminales.
El hombre soltó una risa seca.
—Eso no fue una invitación.
Todo ocurrió en un instante. El tercer hombre intentó agarrar a Adrián del hombro, pero antes de que pudiera tocarlo, me levanté. Mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Tomé su brazo, giré y lo lancé al suelo con un movimiento rápido. El restaurante quedó en silencio, el hombre golpeó el piso con fuerza. Los otros dos me miraron, sorprendidos. Yo también estaba sorprendida, consciente de que mi reacción no había sido la más adecuada para una cena elegante. Pero ya era demasiado tarde.
—Te recomiendo que salgan de aquí —dije con calma— antes de que esto empeore.
Uno de ellos sonrió con desprecio.
—¿Y tú quién eres?
Antes de que pudiera responder, Adrián habló, su voz fría y autoritaria.
—Es alguien a quien no deberían tocar.
Los hombres dudaron unos segundos, pero finalmente ayudaron a su compañero a levantarse.
—Esto no termina aquí —advirtió uno de ellos.
Y se marcharon. El restaurante volvió lentamente a su ritmo normal. Yo seguía de pie, respirando más rápido de lo normal. Adrián me observaba con una expresión imposible de descifrar.
—Bueno —dije sentándome otra vez—. Supongo que ahora la cena es un poco más interesante.
Por primera vez desde que lo conocí, Adrián parecía realmente impresionado.
—Kira —dijo lentamente.
—¿Sí?
—Definitivamente eres la mujer más peligrosa con la que he cenado.
No pude evitar sonreír, pero en el fondo sabía algo. Ese nombre, Petrov, y los hombres que habían venido significaban problemas. Problemas que seguramente acabarían alcanzándonos, enredándonos en una trama peligrosa y compleja que apenas comenzaba a desvelarse.