Era una tarde sombría en el hospital. Las luces fluorescentes iluminaban el pasillo con una frialdad impersonal, y el eco de los pasos de los enfermeros resonaba en la distancia. El aire estaba impregnado de ese característico olor a desinfectante que siempre me recordaba lo frágiles que somos. Me encontraba en la sala de espera, hojeando sin interés una revista desactualizada, cuando mi teléfono comenzó a vibrar insistentemente en mi bolsillo. Al sacarlo, la pantalla mostraba un número interna