A la mañana siguiente, cuando el sol apenas comenzaba a despuntar en el horizonte, Mateo ya estaba ahí. Como siempre. Observando cada uno de mis movimientos, evaluando cada gesto con una atención que parecía casi obsesiva. Era una presencia constante en mi vida, casi como una sombra que nunca se desvanecía, una figura que, aunque silenciosa, siempre estaba presente. Su mirada impenetrable parecía estar siempre fijada en mí, como si intentara descifrar un complejo enigma que nunca sería resuelto