La mano de Cayo se deslizó lentamente hacia la pistola en su cintura. El metal era frío e implacable.
—¡Cayo! —Gritó La Madre con terror—. ¿Qué haces?
—Lo que debí hacer hace mucho tiempo.
Su voz era escalofriantemente serena.
Livia vio el movimiento y su rostro se puso tan blanco como la cal.
—¡No te atreverías! ¡Tengo pruebas contra toda la familia Falcón!
—¿Crees que me importa la evidencia? —Cayo soltó una risa hueca y sin vida—. Alicia se fue, ya no tengo nada que perder.
En ese momento, An