Margaret estaba en su oficina, un espacio que había mandado a preparar dentro de su camarote. Ella revisaba, una vez más, cada uno de los expedientes que los investigadores le habían entregado con los detalles de la vida de sus nietos, cuando la puerta sonó.
Ella guardó ordenadamente las carpetas de regreso a una gaveta con cerradura y se levantó para abrir. Eran sus hijos, Ricardo y Héctor.
De inmediato, Margaret supuso que esta visita, a primera hora del día, no debía ser para saludarla y r