—NATALIA—
En cuanto nuestras bocas se unen, un mar de sensaciones burbujea hasta la superficie, envolviéndome en un deseo y una necesidad casi primitiva que repiten una y otra vez, lo que tanto ansió, reclamo.
Aryen ruge en la profundidad de nuestro beso, ese en el que no pierde el tiempo en dominar hasta dejarme a su merced, deseosa de más de su boca, de su hambre, de su feroz necesidad.
Sus manos se deslizan hasta anclarse a mis caderas, haciéndome rodar sin perder la destreza hipnótica de