La tormenta llegó poco después de medianoche.
El cielo se abrió con un trueno que hizo vibrar los ventanales de la habitación. La lluvia golpeaba con fuerza contra el vidrio, como si el universo quisiera recordarnos que nada en nuestra historia sería fácil. Yo estaba acostada sobre el pecho de Adrián, desnuda, con su brazo rodeándome la cintura con posesión. Su piel todavía estaba caliente contra la mía.
Ninguno de los dos había dormido.
—Hace siete años también llovía así la noche que nos besa