La mañana después de la tormenta olía a café y a culpa.
Adrián se había ido temprano a una reunión importante, besándome en los labios antes de salir con una sonrisa satisfecha que todavía me hacía sonrojar. Yo me quedé sola en la mansión, con el cuerpo deliciosamente adolorido y la mente hecha un nudo.
No podía seguir postergándolo.
Me vestí con ropa cómoda, me senté en mi nueva oficina y abrí el portátil que Adrián me había dado con acceso limitado. Tenía el pendrive que había copiado en secr