El silencio que siguió a la llamada del juez Arthur Vance fue más destructivo que una detonación en la misma oficina presidencial. Las palabras flotaban en el aire gélido de Ginebra, desmantelando la euforia de nuestra victoria europea en un solo segundo. Habíamos recuperado cada centavo del dinero de Zúrich Trust Global, pero en el proceso, nos habían arrancado el corazón de nuestro imperio en Nueva York.
Adrián fue el primero en romper la inmovilidad. Su rostro se transformó en una máscara de