Capítulo 34 — La marca

Indianna estaba sentada sobre la cama, abrazándose las rodillas contra el pecho.

No apartaba la mirada de Greyson, que permanecía sentado al pie de la cama mientras hablaba por teléfono.

Unos minutos después, colgó.

Al levantar la vista, la observó detenidamente.

Frunció el ceño.

—Estás temblando.

Su voz sonó más suave.

—¿Tienes frío?

—Estoy bien —murmuró ella.

Pero Greyson ya se había puesto de pie.

Se quitó la chaqueta y caminó hacia ella.

Indianna se echó hacia atrás por instinto.

—He dicho que estoy bien.

Greyson la ignoró por completo.

Le colocó la chaqueta sobre los hombros con cuidado y volvió a sentarse.

Después sonrió apenas.

—Ya no pareces tener tantas preguntas, preciosa.

Indianna bajó la mirada.

—Quiero volver a casa, Greyson.

Él negó lentamente.

—No puedes irte hasta que termine la primera fase del proceso.

Ella tragó saliva.

—¿Qué... qué proceso?

Greyson la observó en silencio unos segundos antes de responder.

—Es el proceso que prepara tu cuerpo para tu primera transformación.

Los ojos de Indianna se abrieron de golpe.

—¿Q-qué?

—No eres humana, Indie.

Ella negó frenéticamente.

—No...

Su respiración comenzó a acelerarse.

—¡No!

Greyson permaneció tranquilo.

—Tu padre era el Alfa de una de las manadas más poderosas.

Hablaba despacio, intentando que ella pudiera asimilar cada palabra.

—Heredaste de él el gen de los hombres lobo.

Hizo una pausa.

—Las mujeres casi nunca lo heredan.

Por alguna razón, la mayoría de los cuerpos femeninos no soportan la transformación.

Es muy raro que una mujer sea licántropa.

La miró fijamente.

—Pero tú eres una de esas excepciones, preciosa.

Indianna apenas podía hablar.

—¿Mi... papá?

Su voz era poco más que un susurro.

—¿Qué... qué es un Alfa?

Greyson respondió con paciencia.

—Los hombres lobo viven en manadas.

Son comunidades repartidas por todo el mundo.

Hay cientos de ellas.

—El Alfa es el líder de la manada.

—Y la Luna es la compañera destinada del Alfa.

Indianna frunció el ceño.

—¿Mi madre era una...?

—Una Luna.

Ella dudó unos segundos.

—¿Entonces ella también es...?

Greyson negó.

—No.

—Tu madre es humana.

Indianna tragó saliva.

—¿Y tú... qué eres?

Greyson sostuvo su mirada.

—Soy el Alfa de una de las manadas más poderosas del mundo.

Su voz sonó firme.

—Y tú...

Hizo una breve pausa.

—Eres mi Luna.

Indianna sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—No...

susurró.

Cerró los ojos con fuerza.

Greyson continuó hablando.

—Los compañeros destinados están unidos por el destino.

No existe forma de romper ese vínculo.

Ni de impedir que exista.

—Nuestra conexión es tan profunda...

que ni siquiera la muerte puede destruirla.

Le acarició suavemente el dorso de la mano.

—Ahora todavía es débil.

Pero crecerá con el tiempo.

Y llegará a ser más fuerte que cualquier otra conexión del mundo.

La observó con intensidad.

—No estamos completos el uno sin el otro.

Indianna apartó la mano.

—Yo estoy perfectamente como estoy.

Su voz apenas era audible.

—No te necesito.

Greyson encogió ligeramente los hombros.

—Ahora mismo sí crees eso.

Su expresión se volvió seria.

—Pronto dejará de ser así.

Indianna cerró los ojos.

Respiró profundamente.

Estaba sentada al lado de un hombre lobo.

Un lobo.

Como el que había asesinado a su padre.

Greyson reaccionó de inmediato.

—¡Yo no soy como él!

Su voz retumbó en toda la habitación.

Indianna dio un respingo.

—¡No vuelvas a compararme con ese maldito monstruo!

Ella lo miró con miedo.

—¿Has... matado a alguien?

preguntó en un hilo de voz mientras volvía a abrazarse las rodillas.

Greyson permaneció completamente inmóvil.

Su rostro no mostró ninguna emoción.

Y ese silencio...

Le dio la respuesta.

Indianna sintió un nudo en la garganta.

—¿Te importó?

Él no respondió.

Ella soltó una exhalación temblorosa.

—Eres un monstruo.

Greyson negó con firmeza.

—No lo soy.

Su voz fue baja.

—No, preciosa.

—¡Has matado personas!

Él no apartó la mirada.

—Lo merecían.

No había ni un ápice de arrepentimiento en su voz.

Indianna lo observó horrorizada.

—¿Cómo puedes decir eso con tanta frialdad?

Greyson respondió sin vacilar.

—Vivimos en un mundo cruel, Indie.

Es matar...

o morir.

Bajó la voz.

—Yo mato para proteger aquello que me importa.

Indianna volvió la cara.

—Déjame sola, Greyson.

Él dio un paso hacia ella.

—Indie...

—¡Greyson!

Ella respiró hondo para contener las lágrimas.

—P-por favor.

Él permaneció inmóvil.

—¿Tienes miedo de mí, preciosa?

Ella no respondió.

Solo murmuró:

—Vete.

Greyson insistió.

—No has contestado.

Indianna soltó una risa amarga.

—Estás dentro de mi cabeza.

Levantó la vista hacia él.

—Ya sabes la maldita respuesta.

Greyson habló con calma.

—No voy a hacerte daño.

Ella negó con desesperación.

—¡Has matado personas!

Su voz volvió a quebrarse.

—¿Cómo esperas que crea eso?

Greyson respondió sin apartar los ojos de los suyos.

—Porque confías en mí.

Indianna negó inmediatamente.

—No.

Él sonrió con tristeza.

—Sí.

—No puedes evitarlo.

Es el vínculo.

Ella señaló la puerta.

—Sal de aquí.

Su voz terminó convirtiéndose en un grito.

—¡Solo... lárgate de una maldita vez!


Dos horas después...

Indianna apenas se había movido de la cama.

Solo lo hizo en dos ocasiones.

La primera fue para intentar escapar.

Fue completamente inútil.

Aquella habitación parecía diseñada para impedir que cualquiera pudiera salir.

La segunda vez se levantó para ir al baño.

Cuando regresó...

Encontró un libro sobre la cama.

Encima había una nota doblada.

Frunció el ceño.

La abrió.

Su nombre estaba escrito con una elegante caligrafía.

Indianna:

No puedo imaginar todo lo que debes estar sintiendo ahora mismo.

Este libro me ayudó mucho cuando descubrí la existencia del mundo de los hombres lobo.

Espero que pueda ayudarte tanto como me ayudó a mí.

Si alguna vez necesitas hablar con alguien, siempre estaré aquí.

Si decides leer el libro, me alegraré muchísimo.

Pero, si decides no hacerlo, al menos recuerda esta última frase:

Ellos no son monstruos.

Greyson se preocupa por ti.

—Brooke ♡

Indianna frunció el ceño.

Arrugó la nota con fuerza.

Después la lanzó al suelo.

Volvió a sentarse sobre la cama y abrazó otra vez sus rodillas.

No necesitaba ningún libro para entender el mundo de los hombres lobo.

Ya sabía todo lo que necesitaba saber.

Y tenía muy claro una cosa.

Se marcharía de allí...

en cuanto encontrara la oportunidad.

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