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Capítulo 27 — Almas gemelas

Cuando Indianna era pequeña, su padre solía decirle que, si soñabas con alguien, era porque esa persona estaba pensando en ti.

Ahora sabía que aquello no era más que un viejo mito.

Pero de niña le encantaba creerlo.

Por eso, cuando despertó a la mañana siguiente después de su cena con Greyson y recordó los sueños que había tenido durante la noche, no pudo evitar preguntarse si él también habría pensado en ella... del mismo modo en que ella no había dejado de pensar en él.

No lograba sacárselo de la cabeza.

Había dormido mal.

Sus sueños se mezclaban entre Greyson y el lobo que había visto la noche anterior. Se despertó incontables veces sobresaltada, jadeando y con el corazón desbocado al recordar aquellos ojos amarillos. Sin embargo, siempre volvía a quedarse dormida... y, una vez más, Greyson aparecía en sus sueños.

—Anoche llegaste muy tarde.

Indianna dio un pequeño respingo al entrar en la cocina. No esperaba encontrar a su madre sentada junto a la isla, sosteniendo una taza de té entre las manos.

Con el cansancio todavía pesándole en el cuerpo, se frotó los ojos y caminó hasta la encimera. Encendió el hervidor y echó dos cucharadas de café instantáneo en una taza.

—Pasaba de la medianoche —continuó Iris—. Era un día de clases, Indianna. Tienes diecisiete años. Quiero que los fines de semana estés en casa antes de las doce y, entre semana, antes de las once. No es seguro andar sola por ahí.

—No estaba sola.

Como estaba de espaldas, Indianna no vio cómo Iris tensaba la mandíbula al imaginar con quién había estado.

—Sabes que ese chico no me gusta —murmuró su madre.

Indianna removió lentamente el café.

—Tú querías que hiciera amigos. La primera vez que salgo a cenar con alguien y resulta que tampoco te parece bien. Decide de una vez, mamá.

—Con cualquiera menos con él...

Indianna soltó un suspiro.

—Hasta que me expliques cómo conoces a Greyson, no pienso escucharte.

Tomó la leche del refrigerador.

—Haz lo de siempre... vuelve a olvidarte de mí. Era mucho más fácil cuando actuabas como si no existiera.

El rostro de Iris perdió el color.

Bajó la mirada.

—Lo estoy intentando, Indie. De verdad.

—Tal vez si lo hubieras intentado hace años, ahora no existiría este problema entre nosotras.

—No quiero que haya un problema.

Indianna cerró el refrigerador con más fuerza de la necesaria.

—Yo tampoco quería crecer sin el apoyo de mi madre.

Su voz se quebró apenas un instante.

—Tuve que enfrentar demasiadas cosas sola porque tú nunca estabas cuando te necesitaba. Aprendí a vivir sin poder contar contigo.

La miró directamente.

—Y eso no va a cambiar de la noche a la mañana.

Iris respiró hondo.

—¿No ves que estoy intentando arreglarlo?

Indianna se masajeó el puente de la nariz.

—Esta conversación me está dando dolor de cabeza.

Tomó su taza de café.

—Me voy al instituto.

—Puedo llevarte.

—Prefiero caminar.

Sin esperar respuesta, salió de la cocina.

Subió lentamente a su habitación, demasiado agotada para apresurarse. Tomó su mochila, se puso los zapatos y guardó un blíster de analgésicos, prometiéndose tomar uno más tarde.

Cuando estuvo lista para salir, algo llamó su atención.

Se acercó a la ventana.

Frunció el ceño.

Un coche negro estaba estacionado frente a su casa.

Y conocía perfectamente a su dueño.


—¿Qué haces aquí?

Greyson levantó la vista al verla acercarse.

Una sonrisa apareció lentamente en sus labios.

—Buenos días para ti también, preciosa.

La observó con diversión.

—¿Por qué crees que estoy aquí? Sube.

Indianna recordó inmediatamente los sueños de la noche anterior.

Sintió un nudo en el estómago.

Necesitaba mantener cierta distancia.

No le gustaba lo que ocurría cada vez que estaba cerca de él.

No quería seguir sintiendo aquellas malditas chispas.

—No necesito que me lleves.

Greyson apoyó un brazo en la ventanilla.

—Puedo ver a través de todas tus mentiras, preciosa.

La recorrió con la mirada.

—Si dejas de perder el tiempo ahí parada, podremos pasar por un café. Tienes una cara de cansancio terrible.

Indianna suspiró.

—Gracias...

Greyson sonrió con satisfacción.

—Sabes perfectamente cómo va a terminar esto.

Golpeó suavemente el volante.

—Sube al coche.

Ella le lanzó una mirada fulminante.

Pero terminó rodeando el vehículo y ocupando el asiento del copiloto.

Cerró la puerta con un golpe seco.

—La verdad...

Se acomodó el cinturón.

—Ese café sí me vendría bien.

Greyson puso el coche en marcha.

—¿Mala noche?

—Más o menos.

Indianna apoyó la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.

—¿Pesadillas?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Sí... algunas.

Greyson la observó de reojo mientras conducía.

—¿Por el lobo?

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