Diego bajó del lujoso auto yang acababa de estacionar en el patio delantero de la mansión. Mientras caminaba a toda prisa, miró el reloj de pulsera yang rodeaba su muñeca. Su mandíbula se tensó.
—Ya pasaron seis horas desde que dejé a Elena —murmuró Diego para sus adentros. Una repentina ansiedad comenzó a trepar por su pecho—. Quién sabe si ya habrá comido o no. ¿Y sus vitaminas? ¿Se las habrá tomado a tiempo?
Diego había cancelado su ida a la oficina y eligió regresar directo a casa solo para