—No tiembles así, Elena, o vas a arruinar tu maquillaje —susurró Diego a su lado, frente al altar.
Elena giró la cabeza para mirarlo, encontrándose con la sonrisa burlona de su esposo. Aunque sostenía el ramo de rosas blancas, sus manos seguían estando frías.
—No estoy temblando de miedo —respondió ella en voz baja—. Es solo que todavía no puedo creer que por fin estemos aquí.
Diego alcanzó los dedos de Elena y los apretó con dulzura.
—Créetelo. A partir de este segundo, nadie en el mundo nos v