Elena ni siquiera se dignó a mirarlo a los ojos mientras se subía con cuidado al banco de madera para alcanzar el estante superior. El silencio que se instaló en la cocina era tan denso que casi podía cortarse con el mismo cuchillo que ella había usado hace un momento.
—Bájate de ahí ahora mismo —ordenó Diego. Su voz ya no sonaba furiosa, sino cargada de un pánico genuino que intentaba camuflar con autoridad. Dio un paso hacia adelante, extendiendo los brazos de manera instintiva para sostenerl