El viento de la tarde soplaba suavemente cuando Elena detuvo sus pasos frente a una pequeña elevación de tierra que llevaba grabado un nombre que nunca llegó a ser pronunciado por el mundo. Diego se detuvo justo a su lado, sosteniendo un ramo de rosas blancas.
—¿Estás segura de que puedes estar aquí hoy? —preguntó Diego.
Elena dejó salir un largo suspiro y miró la lápida que tenía enfrente sin pestañear.
—Tengo que poder, Diego. Si sigo huyendo, nunca cerraremos de verdad el pasado.
Diego coloc