—«No necesitas trabajar de esta manera, Elena. Yo puedo mantenerte», la voz de Sebastian, suplicando la noche anterior, seguía resonando en los oídos de Elena mientras observaba su reflejo en el espejo aquella mañana.
Elena negó con la cabeza, ahuyentando aquel recuerdo molesto. Se ajustó la sencilla camisa blanca y los pantalones de tela negra, ya un poco gastados. Atrás habían quedado los vestidos de diseñador de miles de euros que antes llenaban el vestidor de la mansión de Diego en Madrid.