Alexander tenía una sonrisa cargada de burla, y yo sentía que la sangre me hervía. Mi abogado leía con calma el contrato prenupcial, repasando cada una de las cláusulas. La exigencia del hijo era inquebrantable; al parecer, Alexander no pensaba ceder en ese punto.
—¿Vas a firmar, Anne? —su voz, seductora y calculada, me sacó de mis pensamientos.
Pensé en las empresas, en las familias que dependían de ellas. Si me negaba a firmar, podía perder la herencia, y entonces mis tíos y mi padre acabaría