Ojo por ojo (3era. Parte)
El mismo día
Bagdad
Latifa
Había apelado a la ingenuidad y al corazón blando de Sara para que abriera la puerta; era una jugada calculada, arriesgada, sí, porque la moribunda de mi suegra aún no se moría, pero valía la pena si lograba engañarla y si el doctor podía comprobar que la mosquita muerta ya no era virgen. Me apoyé contra el marco del pasillo, la espalda recta, la sonrisa exacta clavada en los labios —esa que a los otros les parecía de piedad— y esperé. Observé cada gesto de la casa: l