Las pesadas puertas de roble de los aposentos reales no solo se abrieron; fueron arrojadas violentamente contra la pared de piedra, y las bisagras de latón chillaron bajo aquella fuerza repentina y brutal. Valerie dio un salto desde el escritorio de caoba, y su mano se dirigió por instinto a su bota en busca de la daga oculta. Pasaba de las tres de la mañana. El fuego del hogar se había reducido a un lecho de brasas brillantes y coléricas, proyectando sombras largas y fracturadas por toda la ha