El frío en el laboratorio no tenía nada que ver con el aire helado de la montaña en el exterior. Los dedos de Valerie volaban sobre el teclado de su consola principal, y su mente avanzaba más rápido que las líneas de código que se desplazaban por la pantalla. El texto verde del hacker todavía ardía en la parte superior como un insulto. Tu matemática era descuidada, Pequeña Proscrita.
Silas permanecía cerca de las pesadas puertas de hierro del laboratorio, como un guardián silencioso y poderoso.