63: La Nieve y la Sangre.
Guardé el teléfono en el bolsillo y respiré hondo. El mensaje de Beatriz seguía ahí, ardiendo como un carbón encendido contra mi muslo. Pero no iba a dejar que me viera temblar. No iba a darle ese placer.
Mi madre me observaba desde la mesa, con el ceño fruncido y la taza de café humeante entre las manos.
—Helena, dime qué está pasando. —Pidió sin reservas.
—Nada que no pueda manejar. —Me enderecé, alisándome la sudadera. —Pero necesito que hagas algo por mí.
—Lo que sea.
—A partir de ahora, no