Todas las miradas estaban puestas en mí. Las de los policías. Las de la multitud. Las de las mujeres arrodilladas. La de Jack, que me observaba con una mezcla de orgullo y alivio.
—No. —Dije, y mi voz salió más firme de lo que me sentía. —Pero las aceptaré si se van de esta ciudad y nunca vuelven a tratar a nadie como me trataron a mí.
Ophelia levantó la vista y me miró fijamente. En sus ojos vi odio, pero también derrota.
—Nos iremos. —Dijo. —Lo prometo.
William asintió. Luego me tomó de la ma