La bofetada todavía ardía en mi mejilla cuando dos hombres de traje negro aparecieron a los lados de la mujer que se hacía llamar Ophelia. Sus manos eran gruesas, sus miradas frías, y no dudaron un segundo en tomarme por los brazos con una fuerza que me hizo gritar.
—¡Suéltenme! —Exclamé, forcejeando. —¡No he hecho nada malo!
—Sí, claro. —Ophelia cruzó los brazos con una sonrisa de suficiencia. —Las ratas siempre dicen lo mismo cuando las atrapan.
Alicia, la vendedora rubia, se mantenía a un la