La superficie del lago se cerró sobre el reflejo de Kael.
El lobo negro rugió.
La grieta dorada de su pecho se extendió desde el cuello hasta una de sus patas delanteras. La luz que escapaba de ella no parecía sangre, pero el animal retrocedió como si acabaran de atravesarlo con una espada.
Me arrodillé a su lado.
—Déjame ver.
Mostró los dientes.
—No voy a curarte sin permiso.
Dejó de gruñir.
—Eso no significa que debas parecer sorprendido.
El lobo me permitió acercar la mano. No llegué a tocar