El lobo negro permanecía entre los árboles.
No llevaba heridas visibles. Su pelaje absorbía la poca luz del amanecer y sus ojos dorados estaban fijos en mí con una intensidad que ningún animal común habría considerado educada.
—Ese es el lobo de Kael —dijo Mirella.
—Lo había notado.
—Está sin Kael.
—También lo había notado.
—¿Eso es posible?
Varek avanzó hasta colocarse a mi lado. El lobo antiguo era casi tres veces más grande que la figura negra frente a nosotros, pero no mostró los colmillos