—Cuando llegue el momento, entregaré al lobo.
Mi voz infantil siguió flotando en la sala aun después de que la imagen dejara de moverse.
Nadie habló.
Kael estaba a mi lado, pero ya no existía un vínculo que me permitiera sentir su reacción. Solo podía observarlo como se observa una puerta cerrada durante una tormenta: intentando adivinar cuánto resistiría antes de romperse.
Su rostro permanecía inmóvil.
Sus manos no.
Una de ellas se había cerrado lentamente hasta formar un puño.
Lucien volvió a