Apenas el señor Norton abrió la puerta, me quedé petrificada.
Sentía mis manos heladas, con un sudor frío recorriéndome la espalda. No podía creer que estábamos en esta situación, atrapados en el baño y siendo descubiertos por Patricia, la cuñada del señor Norton.
No sabía dónde meter la cara, y la mirada acusadora de ella no ayudaba en absoluto con la sensación de culpabilidad que me embargaba.
Patricia estaba cruzada de brazos, sus ojos pasaban de mí al señor Norton con una expresión de sos