Estaba en una habitación desconocida, amarrada sobre una especie de camilla e incapaz de moverme.
Mi respiración se aceleró y mi corazón latió con fuerza cuando la figura del señor Norton apareció frente a mí. Su mirada penetrante y esa sonrisa de satisfacción en su rostro me causaban escalofríos.
—Dilo —exigió, con su voz profunda y autoritaria resonando en mis oídos—. Di que eres mía, Sara.
Intenté resistirme, pero el placer que me proporcionaba era demasiado intenso.
Su mano comenzó a toca