El viaje de regreso fue una tortura silenciosa. Mia mantenía la vista fija en el asfalto, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. A su lado, Antonio miraba de reojo el perfil tenso de la mujer que intentaba, por todos los medios, mantener una distancia que el espacio de la oficina iba a destruir en cuestión de minutos.
Al llegar al edificio de la consultoría, Mia subió las escaleras a paso firme, sin esperarlo. Abrió la puerta del despacho