La sala de juntas del Grupo Valiente olía a café amargo, cuero caro y escepticismo. Al otro lado de la mesa de caoba, tres ejecutivos de cabello cano y trajes impecables miraban a Antonio como si fuera una bomba de tiempo a punto de estallar en mitad de su pulcra moqueta.
Mia permanecía sentada a la derecha de Antonio, con la tableta abierta y un bolígrafo de tinta negra entre los dedos. Cada movimiento de ella era metódico, preciso. Para el ojo externo, era la secretaria perfecta: atenta, sile