La llamada terminó en cuestión de segundos, pero la descarga de adrenalina dejó a Mia con el corazón desbocado. Ajustó los documentos en su carpeta, intentando ocultar el leve temblor de sus dedos mientras Antonio, impecable y distante de nuevo, regresaba a su lado del escritorio.
—Era el representante de Inversiones Vértice —dijo Mia, esforzándose por mantener la voz firme y desprovista de emoción—. Quieren una reunión mañana a primera hora.
Al escuchar el nombre de *Vértice*, l