No respondí a quien llamó, pero la puerta se abrió de todos modos. Alice. Su piel pálida y sus labios color coral eran visibles a corta distancia. Cerré mi laptop lentamente. El sonido de la lluvia golpeando la ventana era como una melodía de ritmo rápido. Alice se aclaró la garganta, miró mi estantería y se alisó la playera. Volví a leer la inscripción, pero me mantuve en silencio.
—Buen día, señor. Siento interrumpirlo, ¿pero puedo hablar con usted? —preguntó.
—Por supuesto, Alice. Adelante.