La piel de Miguel era de una blancura inmaculada, tan fina y suave que casi brillaba bajo la luz tenue de la lámpara. Me imaginé cómo se sentiría al tacto —quizás era tan delicada que incluso enrojecería con la más leve presión.
Su bata estaba mal cerrada, revelando de esta forma más de lo que debía. Desde mi posición, podía ver con claridad la mitad de su pezón, que sobresalía ligeramente en su pectoral bien definido. Todo en él mostraba los resultados de arduas horas en el gimnasio: músculos t