IDRIS DOYLE
Nunca me había sentido tan humillada y ridiculizada. La mujer policía revisó mi bolsa, abriendo todo, mi monedero, una pequeña bolsa de golosinas que le había enviado el señor Thomas a mi hijo, regando todos los caramelos por el suelo y, por supuesto, mis artículos personales.
—Bien, ¿puede hacerme el favor de retirarse la ropa? —preguntó la policía con aparente calma.
—¿Qué? ¡¿Por qué?! ¿Cree que me puedo poner un vestido debajo de los pantalones? ¡¿Es en serio?! —exclamé horroriz