FINN LYNCH
—Como abogado pensé que tendrías ojos en la nuca —dijo Beth entre risas—. Ya vi que no, eres muy confiado. De seguro hiciste algo que la hizo enojar, pero ¡mira!, provocaste un milagro, hiciste caminar a la inválida con tal de llevarse tu vida.
En ese momento Beth giró hacia mí y me ofreció una sonrisa con ese semblante cansino y pálido. Bajo la mirada hacia su abdomen y entonces lo vi. Uno de esos dos disparos se había alojado en ella. La sangre no paraba y escurría entre sus ded