56. La mejor decisión
Zaira
Miraba el móvil con rabia, con una mezcla de decepción y cansancio que me apretaba el pecho. Ese hombre era frío, distante, déspota… como si nada le importara. Seguramente ya sabía que estaba internada y, aun así, no se había dignado a llamar ni a preguntar cómo estaba.
Lo mejor sería dejarlo. De una vez y para siempre.
Mi madre entró en la habitación con un pequeño plato de avena. Detrás de ella venía mi sobrinito, sonriente, sosteniendo unos papeles llenos de colores.
—Títa, mira lo que