Los golpes de Ronan resonaban secos en la puerta de la habitación de Lucian. Una, dos, tres veces. Pero no hubo respuesta.
—¡Lucian! —llamó Ronan, con la voz cargada de autoridad—. Abre la puerta, ahora.
Silencio.
Podía sentir la impaciencia de Ronan aumentar. Sus puños se cerraron a los costados, su mandíbula apretada, ese gesto que solo mostraba cuando estaba a punto de perder el control.
—Déjame a mí —le dije suavemente, colocando una mano sobre su brazo.
Me miró de reojo, su ceño aún fruncid