Al ver el auto estacionarse, Claudia tomó su cartera, tipo sobre, y bajó las escaleras.
—Que tenga mucha suerte Claudia —comentó Gertrudiz mientras le abría la puerta principal.
—¡Gracias Gertrudiz! Estoy tan nerviosa.
—No tiene por qué estarlo, Paul Bellini es todo un caballero.
Claudia salió. Afuera la esperaba Germán. Él abrió la puerta, la tomó de la mano y ella subió al auto.
—¡Gracias Germán!
—Está usted radiante.
Claudia sonrió con timidez.
Minutos después, el auto se detuvo. El guardaes