Los días siguientes se cargaron de una tensión casi irrespirable.
En su oficina, la comisario Guzmán no había descansado. Había convertido aquel caso en una obsesión personal. Cada fotografía, cada declaración, cada informe pasaba por sus manos con una minuciosidad casi enfermiza. El tablero frente a ella se había transformado en un mapa de guerra: líneas rojas que unían rostros, nombres subrayados con fuerza, fechas encerradas en círculos agresivos.
Y en el centro… Paul Bellini.
—Esto term