De donde no tenía, Claudia sacó fuerzas para levantarse y seguir buscando a su pequeño hijo. La risa del resto de los niños jugando en el parque la atormentaba; los latidos de su corazón eran cada vez más fuertes y su respiración se volvía agitada.
A lo lejos distinguió la silueta de dos niños. Quizás esa era la última esperanza de que uno fuese Santiago. El niño, al verla, se levantó y corrió al encuentro de su madre.
—¡Mamita! —se abrazó a su cintura.
Ella se arrodilló y lo tomó entre sus