Miré por la ventana de mi habitación; el sol resplandecía con fuerza, bañando todo con su cálida luz. Volví la mirada a mi lado y ahí estaba Giorgio, su cuerpo desnudo se fundía con las sábanas, fuerte y perfecto. Aunque en su forma animal era imponente, así, humano, sexy y salvaje, era un pecado para la vista.
—Deberías dejar de mirarme, o volveré a hacerte mía —murmuró con voz ronca, sin siquiera abrir los ojos.
Sonreí y me apoyé sobre un codo.
—¿Cómo sabes que te estoy mirando? —pregunté con