Dejé a Rafaelle atrás y me dirigí con rapidez hacia mi coche. El lloriqueo de Abigail seguía resonando en el altavoz del teléfono.
—¿Dónde estás? —pregunté. Abigail se calmó lo suficiente para responderme.
—estoy estacionada fuera de tu casa, ven por favor, tengo miedo— me dijo suplicante.
Subí al coche y puse el celular en alta voz.
—¿Vendrás? —preguntó, su voz quebrándose entre sollozos.
Claro que iría. Después de lo que había pasado hoy, después de escucharla, no había fuerza en este mundo q