Malahia parpadeó, atónita.
Lo miró bien. Ese macho se erguía más frío, más imponente que nunca. Sus ojos verdes eran profundos, pero lejanos, como si ya no la vieran.
—¿Qué pasa? —susurró ella con voz quebrada, intentando sonar insinuante—. ¿Acaso hay algo mal? Soy tu concubina. Aunque no quieras por respeto… podemos tener sexo. Nadie dirá nada. Tómame… ya no me importa si te sigues acostando con esa loba lunar… con esa perra cualquiera.
Raymond bajó la mirada hacia ella, y su voz fue d