Tres segundos.
Eso es lo que tengo para detener una bala.
El mundo se congela cuando activo mi percepción temporal. El disparo del traidor—todavía no veo quién—viaja hacia la espalda de Dante en cámara lenta. Puedo ver el destello naranja del cañón. El casquillo eyectándose. La bala cortando el aire húmedo del amanecer.
Dos segundos.
Mi cuerpo no responde lo suficientemente rápido. Incluso con la percepción ampliada, mis músculos son humanos. No puedo cruzar tres metros y medio en el tiempo que