El despertador sonó a las cinco y cuarenta y cinco.
No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, el eco de aquel grito volvía a atravesar la oscuridad. Pero me levanté de todos modos, porque María Soledad Vega era una empleada puntual, y las empleadas puntuales no llegaban tarde a su primer día.
El baño compartido olía a cloro y jabón industrial. Tres mujeres se disputaban los lavabos con la eficiencia silenciosa de quienes han repetido esta rutina cientos de veces. Ninguna me miró. Ninguna