Capítulo 89. El mismísimo Dominic King.
Izan
El despacho olía a tabaco, a whisky caro, a mentiras baratas y frustración. Estaba sentado, con los codos apoyados sobre el escritorio y el rostro entre las manos. Había perdido la cuenta de cuántas veces había repasado cada decisión. Cada palabra. Cada gesto que pudo haberlo cambiado todo. Me sentía culpable por no haber sido diligente desde el primer momento, por haberme dejado engañar.
Las paredes forradas de roble oscuro parecían cerrarse sobre mí cuando la puerta se abrió de golpe.